Un títere es feliz hasta que descubre que su corazón es la mano de otra persona (Pt1)
La Reina
Chuquicamata
- ¿Revistaste el interior?
- Sí, están los documentos de identidad del caballero, es el esposo de esa señora morenita que vino a la comisaría antes de ayer a denunciar su desaparición. Nos dejó ese porta retrato de él que sale con una guagua.
- Le dijimos que traiga otra foto donde apareciera solo su esposo, para que no fuera tan confuso al pegar el aviso por la ciudad. ¿Dónde habrá quedado el torso?
- Desintegrado. Se puso por lo menos dos kilos de explosivos en el cuerpo.
class="MsoNoSpacing" style="text-align: justify;">- Y uso dinamita de la empresa… la dinamita que pagamos todos los chilenos. -- Por lo menos a la camioneta solo hay que lavarle la sangre y queda flamant.
“Vengo al desierto, a cometer este acto cobarde de abandono, me odio por hacerlo, pero tengo que irme de esta mierda de oscuridad infinita. Perdóneme ambas.”
- ¿Alguna otra evidencia?
- Esta carta que estoy leyendo Jefaso, estaba en la guantera, el tipo estaba en la última, dice que no podía más con la angustia, con la persecución, ese tipo de cosas y luego habla de puro asunto raro que habría que preguntarle a la esposa mejor... porque no entiendo si el móvil del suicidio es porque la mujer le ponía los cachos o porque se pudrió de la vida de minero.
- Mineros tontos, siempre se terminan matando de alguna forma extrema ¿no saben que la depresión está cubierta en el Auge? ¿Encontraron la cabeza?
- Solo la parte parietal y la occipital.
- Bueno toma una foto y se la pasas a los medios, pero solo de la camioneta bañada en sangre, no quiero que la esposa vea el cuerpo tan destrozado… aunque tal vez se merece cargar con esa imagen la muy puta, ya le preguntaremos.
- Son todas unas putas Jefaso.
Papas Fritas
En la mesa de al frente -o mejor dicho en una de las tantas mesas que están al frente mío- se sentó una chica de refinada apariencia y cabello negro hollín, seguramente tinturado con ‘Color Perfect’ de Wellapon (Características del producto: Sistema sinergético: combina en forma perfectamente balanceada, logrando una interacción que optimiza, a la vez, rendimiento y resultado de color). Se ve igual que en el comercial de televisión.
La segunda pregunta que aterriza en la cabeza de uno es ¿Qué hace una chica así en el centro de la ciudad, alejada de las primaverales calles del barrio alto? Ciertamente hay unas cuantas compañías importantes que tienen sus matrices en el sector céntrico por una cuestión de tradición más que de eficiencia, pero no deja de llamarme la atención que un espécimen tan particular llegue al acostumbrado habitat del patio de comidas, compuesto principalmente por peces gato y variedades renacidas de milodón.
En su mesa, había el mismo diario de publicación ligera y vivaracha con el que el resto de zatrapillas nos entreteníamos leyendo sobre farándula y mirando tetas sin pezón, mientras las papas indiferentes a los contenidos seguían sangrando grasa cuando eran pinchadas con el tenedor de plástico.
La sorpresa de que aquel espécimen descontextualizado se hubiera sentado en mi radio cercano, ya me había puesto de buen humor. No era para menos, ella explícitamente había preferido ese lugar frente a mi mesa en lugar de aquel soleado puesto junto a los mórbidos programadores de antivirus.
Lo único que tenia que hacer para mi completo regocijo, era levantar la vista bajo el supuesto de masticar largamente y tenía una beca completa para estudiarla con el detenimiento que merecía su agraciada figura.
Pelo recogido con un complicado nudo y un vestido colorido pero distinguido. Esa era la composición de la foto. ¿Por qué los pobres diablos como los que venimos al patio, debemos ponernos traje y corbata para vernos un poco decentes y las mujeres como ella pueden ponerse un atuendo verde con café y mantener completa elegancia? Siempre me quedara la duda… aunque sepa en voz baja que la mona aunque de seda se vista mona queda.
Pero los caminos del Señor pueden ser amables, incluso para los periodistas malandrines como yo. Una segunda figura llegó a la mesa. Rubia, pero no rubia teñida, una rubia de verdad y según podía deducir importada de algún país nórdico, tal vez Dinamarca. Era un oasis en medio de la hostil cotidianidad.
La rubia tomó el diario que la sofisticada había dejado de lado con evidente desprecio. Le dio varias ojeadas. La portada del diario hablaba de Pascual, un perro chow chow que se había escapado de su casa durante la vacaciones y ahora vagabundeada por el barrio alto de la ciudad lleno de garrapatas. La portada incluía una foto a todo color del desafortunado can, que miraba al fotógrafo con profundos ojos melancólicos de quien ha perdido total esperanza. La danesa miraba desconcertada, sus muecas connotaban desentendimiento sobre el contenido del diario. Quería una explicación de porque un perro extraviado estaba en la primera pagina de una publicación masiva (285.000 ejemplares diarios). Tal vez pensaba que era un extraño doble sentido, una broma inteligente que a pesar de sus mil horas de estudio del idioma español no había podido captar y entender. Comenzó a desesperar. Miró a la sofisticada clamando por ayuda, pero ella estaba en pleno duelo con un wrap de zanahoria con lechuga y no iba a prestarle atención a nada más. La danesa estaba a punto del colapso, podía observarlo. Buscaba una respuesta a sus dudas en silenciosa desesperación y yo estaba al frente con una silenciosa respuesta que ansiaba ser dicha.
¡Pide por ayuda! Que la sofisticada se pare con estruendo, rompa la paz de nuestra media hora de almuerzo y grite: ¡Mi amiga se esta ahogando en su incomprensión! ¡Alguien Ayúdela Por Favor! ¡ ¿Hay algún periodista en el lugar? Yo habría arrojado la bandeja y las papas fritas habrían caído en la cara de un personaje secundario mientras en una escena de cámara lenta (a lo Baywatch) yo tomaba el diario, lo estiraba y le daba la ansiada explicación sobre la paupérrima historia que había tenido que escribir mi colega Jota Ron, debido a que el día de ayer el tiempo se le había esfumado en un café con piernas acompañado de una chica llamada Zalia y no había tenido mas remedio que llenar la tapa del diario con Pascual: El chow chow vagabundo que enternece al barrio alto. Ella habría clamado un: AHHHHHHH y el salón entero habría estallado en aplausos. Incluso la cocinera del Platòn me habría recompensado con un postre de bananas y helado. Un honor nunca antes visto en el patio de comidas.
- ARRRRRRGGHHHH.
Todo el salón se mueve, las miradas buscan desesperadas el origen de aquel graznido que ha asesinado la paz de su media hora de almuerzo. La chica sofisticada se levanta con estruendo, mientras la danesa se retuerce como una una lombriz que batalla para no ser insertada en el anzuelo de un pescador. ¡Mi amiga se esta ahogando! ¡Alguien ayúdela! ¿Hay algún doctor en el lugar? Nos miramos todos perplejos unos a otros. Allí se podía encontrar contadores, secretarias, vendedores, incluso un ingeniero, que para que no lo califiquen de facho ha venido a dar un paseo a este submundo con sus empleados, pero no hay médicos. Aquí no. Ningún medico le daría ese gusto a su colesterol comiendo esas papas fritas ni forzaría su digestión a media hora de tiempo.
Arroje la bandeja y grite rompiendo mi camisa como un Clark Kent cualquiera: ¡YO SOY MÉDICO! Todos los ojos se posaron sobre mi recién inaugurada estoica figura. Salte hacia la mesa de enfrente con arrojo e hice lo que mejor sabe hacer un periodista: ¡Fingir que sabe lo que esta haciendo!
Le metí los dedos por la boca como si se tratara de un colega ebrio que se le ha pasado la mano ahogando la penas luego de haber sido humillado por su editor y saque una gruesa papa frita que iba desde la tráquea hasta el negro paladar de la danesa. Tan negro que incluso Pascual habría estado celoso de tanto pedigrí.
Arroje la papa al suelo como si se tratase del despreciable ayudante enano-deforme de mi archienemigo de fantasía y la pisotee mostrándole quien mandaba en el lugar. La Danesa estaba agradecida, la sofisticada también, me citaron en la noche a un restaurante fusión del barrio alto a una cena baja en grasas. Cuando este ahí, les contaré la historia sobre Jota Ron y Pascual.
Santiago en 100 palabras
Cierra la puerta. Abre la boca, exclama un nombre, llamándolo. Desde la calle vio la luz encendida, como las del resto, pero nadie la espera en casa. Sus cejas se fruncen, sus ojos toman color nostalgia.
Entra a la habitación. Toma el teléfono. Suspira. Marca con la mirada el trayecto de los siete dígitos prohibidos. Cuelga.
En la cocina aún hay restos de conversación, también un poco de vino sobrante, tinto de buen cuerpo. Los tres porqués se disparan forajidos en su interior. Permanece inmóvil, su mente se esfuerza obsesivamente, maquinando alguna explicación que la deje respirar tranquila.
Una mirada bajo tierra
Los vagones siempre magnifican su sensación de soledad, aislamiento de ciudad para ser exactos. Las conversaciones ajenas le suenan como una rápida pasada por las frecuencias de la radio. Las ignora, mantiene su rumbo hacia una esquina, se instala en el piso y explora su entorno, en busca de una mirada cómplice, alguien de quien enamorarse por cuatro estaciones.
De paseo por la feria matinal
Los ensordecedores gritos de los anunciantes indicaban el inicio del sonoro carnaval. Las cajas planas de vidrio mostraban todo tipo de especímenes exóticos. Algunos con puntiagudas lenguas anfibias, con las que se atacaban mutuamente para atraer la atención de los visitantes. Las esferas de cristal eran consultadas en los distintos paneles por androides de silicona para predecir el futuro, y en las carpas más angostas, vistosos alquimistas ofrecían soluciones mágicas para el manejo de todo tipo de situaciones cotidianas.
Como todas las mañanas, me serví una rica porción de afrecho. La devoré con voracidad y continué con el zapping.
Rojo Escarlata.
En la primera, soy sin ser, en la otra me doy gusto imaginando lo que soy. Me doy gusto imaginando que comparto vivencias con una rubia de cabello corto que se hace llamar Blondie Z.
Mas de un vez pensé que si sumara mis dos mitades llenaría el espacio suficiente para convertirme en un personaje completo, en un hombre atractivo, pero ambas partes son asimétricas entre si, son la misma figura repetida en blanco y negro, y no pueden conectarse, son piezas repetidas y defectuosas de un mismo rompecabezas.
Hoy llegó el día de que mi cuerpo conozca a Blondie Z. Así lo hemos pactado. Han pasado dos años desde que nos encontramos por primera vez en un canal de Undernet. Hoy sabré si puedo ser realmente todo lo que imagine.
Es una ciudad extraña, iluminada mayormente por neón. Demasiado extravagante para mi gusto, con un constante ruido que me pone nervioso. El tipo de ciudad que le dije a Blondie Z que me atrae.
La espero en un bar. Puedo definirlo como rojo escarlata. Las mesas, las luces, el piso cuadriculado, los afiches pop, el aire, la música; Rojo escarlata. Mi vestimenta es el resultado de esas dos piezas de ese rompecabezas que no se pueden unir en armonía. No termino de comprender mi atuendo, compuesto por mis pantalones azules de siempre y los zapatos que siempre miré atónito en la estantería de una boutique, y nunca me decidí a comprar hasta saber que hoy sería hoy. Es muy tarde para decidir quien soy en realidad.
Hay muchas rubias bañadas por rojo escarlata, bailando sensualmente en el centro del bar. Ninguna se parece a lo que Blondie Z me ha dicho que es. Tal vez no exista alguien como lo que ella dijo que es. Dos años y ni una sola fotografía de su cara. Escuche su voz en mi ultimo cumpleaños, pero mantuvimos el pacto de nunca vernos, ni siquiera por video.
Una ciudad, un bar, una mesa, una hora específica, dos años después de haber hablado por primera vez, exactamente 17500 horas después y Blondie Z se está tardando. Me había dicho que era puntual, como un inglés, y lleva 15 minutos de retraso. Tal vez no se vaya a presentar. 20 minutos. Mi aliento ya huele a Mai Tai, mi cocktail favorito, es la primera vez que lo pruebo y no me deleitó como lo esperaba. 30 minutos. Debería levantarme e irme, eso es lo que se supone que hago cuando alguien me hace esperar media hora. Sigo esperando y trato de no ver el reloj muy seguido. 45 minutos.
–Creí que no esperabas a nadie por más de 20 minutos- me dijo la voz proveniente de mi nuca. No vire la cara y fije la mirada en el resto de mujeres que bailaban en rojo escarlata.
– ¿Y quien dijo que te estoy esperando a ti los últimos 25?
- Porque te he estado observando desde que llegaste y nunca dejaste de buscarme.
- No sabes lo que puedo estar buscando
- Me estabas buscando a mi, Takeko. Puedes dejar de fingir ya, durante 45 minutos observé quien eres y aprendí más de ti que en los últimos dos años.
-Ahí es donde te equivocas, Blondie.
-No. Estoy en lo correcto, los detalles visuales se abstraen de las intenciones. Observando con cuidado, desglosando los detalles, se aprende mejor que escuchando y leyendo. Las frases siempre pueden estar prefabricadas y ensayarse al punto de sonar espontáneas. Pero lo que ve un ojo escondido desde un agujero, es vergonzosamente auténtico.
- Son piezas distintas del rompecabezas que se deben unir para constituir una sola forma.
- No es así. Te observé y he terminado de conocer lo que tus palabras se encargaban de mimetizar. No te des la vuelta. Voy a irme y no quiero que me mires.
Era sorprendente, tajante, directa, cruel, maravillosamente tenaz. Ella no había mentido. Realmente era Blondie Z. Y si realmente era ella, entonces sabía que la rabia la consumía por haberme encontrado a mí en lugar de Takeko.
- Vete de una buena vez Blondie, ya te dije que hace 25 minutos deje de esperarte. Ahora estoy en busca de alguna mujerzuela bien dotada que no me llene la cabeza de existencialismos absurdos, que me lama el miembro sin chistar, y sin tener que darle dos años de atención, se abra de piernas gustosa.
Blondie resopló a mis espaldas y con un rápido movimiento agarró mi cabello y lo tiró contra el respaldar de mi silla, sujetándolo con firmeza.
- Escúchame escoria, no vuelvas a hablar como si fueras Takeko o te rebano las bolas aquí mismo ¿entendiste? Tu no eres él, nunca podrías ser como él, eres una escoria asquerosa y cobarde.
Cuando liberó mi cabello, me di vuelta y la golpee a mano cerrada en la boca del estomago. Blondie se doblo. Aferré mis dedos contra su cara, sujetándola con fuerza –Ya te dije que no te estoy esperando a ti ramera- y la lancé contra el suelo cuadriculado.
–Ahora lárgate, espantas a las mujerzuelas- Era FULLY Takeko, y no sabía porque estaba usando esos ridículos pantalones azules. Salí del rojo escarlata. Subí a la habitación de mi hotel y comencé a buscar otros pantalones. Encontré unos de traje, negros, lo único usable entre todo lo que había en el placard. Mientras me los ponía, Blondie irrumpió en la habitación con los ojos desorbitados por la rabia y se lanzo contra mí. La detuve con un bofetón que la sentó. Se quedo ahí, paralizada, con una mano sobre su mejilla, mirándome fijamente. Proseguí a subirme los pantalones. Blondie se arrastró a gatas y me los bajo de nuevo. Empezó a acariciar mis piernas con ambas manos, adorando cada centímetro de carne como si me tratara de una resurrección divina. La agarre de los cabellos y la levanté, ubicándola justo en frente de mi maquinaria. Me la chupo, luego se la lamí. Follamos y luego dormimos.
El llanto de Benjamín, carta abierta.
Saboreo tu olor navegante en el aire de nuestra habitación, está impregnado en tu almohada, también en la mía. Las etiquetas de su interior dicen 100% algodón, y hacen juego con las sabanas color lila, cuando las compramos en Falabella discutimos por los colores, yo las quería azul marino. Hicimos el amor esa noche para reconciliarnos.
En las cuatro esquinas hay ropa tirada, alguna es tuya otra es mía. En el rincón, sobre la tele, está el pantalón negro que usaste el jueves por la noche, todavía huele a cigarro.
Camino hacia la puerta, piso la punta de un aro antes de abrirla, estoy descalzo, mi pie sangra un poco. Corto la exclamación antes de emitir sonido alguno. Voy hacia la cocina.
En el fregadero hay dos tasas, dos platos y dos vasos. Han estado ahí desde hace días. Abro la heladera. Está vacía, excepto por un tarro de leche y una botella de jugo de naranja, exprimido por ti la semana pasada.
¡Tengo que mojarme la cara!
Sumerjo la cabeza en el agua fría, la mantengo ahí, inmóvil, por varios minutos, hasta que mis orejas comienzan a amortiguarse. Me quedo soportándolo un poco más.
Miro mi reflejo, mis ojos hinchados, maquillados por las ojeras. Mi barba mal crecida me da aspecto abandonado. Nuestros cepillos de dientes están juntos, dentro de ese vaso deforme que compramos en Bariloche, el tuyo es rosa y dice oral b, el mío es eléctrico y azul. Mi toalla tiene manchas de sangre, mi sangre, la tuya esta doblada y limpia. Huele a suavizante. Mis nudillos tienen costras, no las toco. Estoy apunto de gritar.
¡Quiero gritar! Por favor… ¡Necesito gritar!
Una lágrima quiere escapar, no lo dejo.
Oigo un llanto.
Cierro los ojos.
Se repite.
Aprieto los puños. Mis costras se rompen, mis nudillos vuelve a sangrar. Salgo del baño. Camino por nuestra sala semivacía, paso por la mesa que aún está emplasticada del envío. Hay cajas por todos lados todavía.
Me quedo parado al frente a la puerta, el llanto se repite con más fuerza desde su interior. Tiene colgado un letrerito de madera, es verde, lo elegimos verde porque es el color de los artistas. El cartelito dice Benjamín.
Abro y ahí está nuestro hijo, en su cuna heredada y refaccionada, llorando a mares.
-Benja no llores así, tenemos que ser fuertes nomás, ya va a pasar.
Lo tomo en mis brazos, es tan cálido y delicado, pero su llanto se vuelve cada vez más enérgico. Creo que tenemos razón en imaginar que nuestro hijo va a tener muchas cosas que gritarle a este mundo.
-Hay que hacer lo que se tiene que hacer Benja, aguantar como hombrecitos.
No entiende una palabra de la conversación padre hijo que le estoy diciendo, cumplió 6 meses el pasado martes, pero sí siente lo que le transmito, y por eso llora así, llora por ambos.
Lo llevo a nuestro cuarto, sus ojitos se abren y lo examina todo. Deja de gritar.
Lo siento conmigo frente al notebook y le leo la última frase que escribí.
-¿Te gusta? Es para tu mamá. Es algo que le estoy escribiendo. Le gusta que le lea cuando está acostada. ¿A ti también te gusta que te lea cuando te enfermas no es cierto Benja? Pues te cuento que eso lo heredaste de ella, macho. Dale, piensa cómo terminamos la historia para mamá-.
Pongo el punto final a una frase inspirada. Suena el telefono. Tomo a Benjamín y lo llevo en mi brazo izquierdo, contesto con el otro. Es tu mama, tiene la voz entrecortada. Me dice que acabas de morir por una hemorragia interna.

