Papas Fritas

Cuando pagas tu menú de medio día en el ‘Platón’, te regalan un diario de contenido ligero y vivaracho, lo que algún arribista letrado, hijo de facultad privada, consideraría como prensa amarilla. Lectura grata para acompañar el almuerzo de pechuga de pollo y obviar las gordas gotas de grasa que se chorrean desde las papas fritas. Como todos los pobres diablos empleados gana pan con media hora para atragantarse y llenar la tripa antes de volver a sus diversos quehaceres demoniacos, yo estaba a mis anchas leyendo aquella magnifica fusión de entretenimiento e información.

En la mesa de al frente -o mejor dicho en una de las tantas mesas que están al frente mío- se sentó una chica de refinada apariencia y cabello negro hollín, seguramente tinturado con ‘Color Perfect’ de Wellapon (Características del producto: Sistema sinergético: combina en forma perfectamente balanceada, logrando una interacción que optimiza, a la vez, rendimiento y resultado de color). Se ve igual que en el comercial de televisión.

La segunda pregunta que aterriza en la cabeza de uno es ¿Qué hace una chica así en el centro de la ciudad, alejada de las primaverales calles del barrio alto? Ciertamente hay unas cuantas compañías importantes que tienen sus matrices en el sector céntrico por una cuestión de tradición más que de eficiencia, pero no deja de llamarme la atención que un espécimen tan particular llegue al acostumbrado habitat del patio de comidas, compuesto principalmente por peces gato y variedades renacidas de milodón.

En su mesa, había el mismo diario de publicación ligera y vivaracha con el que el resto de zatrapillas nos entreteníamos leyendo sobre farándula y mirando tetas sin pezón, mientras las papas indiferentes a los contenidos seguían sangrando grasa cuando eran pinchadas con el tenedor de plástico.

La sorpresa de que aquel espécimen descontextualizado se hubiera sentado en mi radio cercano, ya me había puesto de buen humor. No era para menos, ella explícitamente había preferido ese lugar frente a mi mesa en lugar de aquel soleado puesto junto a los mórbidos programadores de antivirus.

Lo único que tenia que hacer para mi completo regocijo, era levantar la vista bajo el supuesto de masticar largamente y tenía una beca completa para estudiarla con el detenimiento que merecía su agraciada figura.

Pelo recogido con un complicado nudo y un vestido colorido pero distinguido. Esa era la composición de la foto. ¿Por qué los pobres diablos como los que venimos al patio, debemos ponernos traje y corbata para vernos un poco decentes y las mujeres como ella pueden ponerse un atuendo verde con café y mantener completa elegancia? Siempre me quedara la duda… aunque sepa en voz baja que la mona aunque de seda se vista mona queda.

Pero los caminos del Señor pueden ser amables, incluso para los periodistas malandrines como yo. Una segunda figura llegó a la mesa. Rubia, pero no rubia teñida, una rubia de verdad y según podía deducir importada de algún país nórdico, tal vez Dinamarca. Era un oasis en medio de la hostil cotidianidad.

La rubia tomó el diario que la sofisticada había dejado de lado con evidente desprecio. Le dio varias ojeadas. La portada del diario hablaba de Pascual, un perro chow chow que se había escapado de su casa durante la vacaciones y ahora vagabundeada por el barrio alto de la ciudad lleno de garrapatas. La portada incluía una foto a todo color del desafortunado can, que miraba al fotógrafo con profundos ojos melancólicos de quien ha perdido total esperanza. La danesa miraba desconcertada, sus muecas connotaban desentendimiento sobre el contenido del diario. Quería una explicación de porque un perro extraviado estaba en la primera pagina de una publicación masiva (285.000 ejemplares diarios). Tal vez pensaba que era un extraño doble sentido, una broma inteligente que a pesar de sus mil horas de estudio del idioma español no había podido captar y entender. Comenzó a desesperar. Miró a la sofisticada clamando por ayuda, pero ella estaba en pleno duelo con un wrap de zanahoria con lechuga y no iba a prestarle atención a nada más. La danesa estaba a punto del colapso, podía observarlo. Buscaba una respuesta a sus dudas en silenciosa desesperación y yo estaba al frente con una silenciosa respuesta que ansiaba ser dicha.

¡Pide por ayuda! Que la sofisticada se pare con estruendo, rompa la paz de nuestra media hora de almuerzo y grite: ¡Mi amiga se esta ahogando en su incomprensión! ¡Alguien Ayúdela Por Favor! ¡ ¿Hay algún periodista en el lugar? Yo habría arrojado la bandeja y las papas fritas habrían caído en la cara de un personaje secundario mientras en una escena de cámara lenta (a lo Baywatch) yo tomaba el diario, lo estiraba y le daba la ansiada explicación sobre la paupérrima historia que había tenido que escribir mi colega Jota Ron, debido a que el día de ayer el tiempo se le había esfumado en un café con piernas acompañado de una chica llamada Zalia y no había tenido mas remedio que llenar la tapa del diario con Pascual: El chow chow vagabundo que enternece al barrio alto. Ella habría clamado un: AHHHHHHH y el salón entero habría estallado en aplausos. Incluso la cocinera del Platòn me habría recompensado con un postre de bananas y helado. Un honor nunca antes visto en el patio de comidas.

- ARRRRRRGGHHHH.

Todo el salón se mueve, las miradas buscan desesperadas el origen de aquel graznido que ha asesinado la paz de su media hora de almuerzo. La chica sofisticada se levanta con estruendo, mientras la danesa se retuerce como una una lombriz que batalla para no ser insertada en el anzuelo de un pescador. ¡Mi amiga se esta ahogando! ¡Alguien ayúdela! ¿Hay algún doctor en el lugar? Nos miramos todos perplejos unos a otros. Allí se podía encontrar contadores, secretarias, vendedores, incluso un ingeniero, que para que no lo califiquen de facho ha venido a dar un paseo a este submundo con sus empleados, pero no hay médicos. Aquí no. Ningún medico le daría ese gusto a su colesterol comiendo esas papas fritas ni forzaría su digestión a media hora de tiempo.

Arroje la bandeja y grite rompiendo mi camisa como un Clark Kent cualquiera: ¡YO SOY MÉDICO! Todos los ojos se posaron sobre mi recién inaugurada estoica figura. Salte hacia la mesa de enfrente con arrojo e hice lo que mejor sabe hacer un periodista: ¡Fingir que sabe lo que esta haciendo!

Le metí los dedos por la boca como si se tratara de un colega ebrio que se le ha pasado la mano ahogando la penas luego de haber sido humillado por su editor y saque una gruesa papa frita que iba desde la tráquea hasta el negro paladar de la danesa. Tan negro que incluso Pascual habría estado celoso de tanto pedigrí.

Arroje la papa al suelo como si se tratase del despreciable ayudante enano-deforme de mi archienemigo de fantasía y la pisotee mostrándole quien mandaba en el lugar. La Danesa estaba agradecida, la sofisticada también, me citaron en la noche a un restaurante fusión del barrio alto a una cena baja en grasas. Cuando este ahí, les contaré la historia sobre Jota Ron y Pascual.